Por: Carmen Alicia Arroyo de la Fuente

Resumen

Este artículo presenta un panorama, incompleto per se, de la forma en la que la lengua española, materia prima fundamental en la producción literaria cambia y se adapta a las necesidades expresivas del autor o autora, según la época y las circunstancias particulares de cada uno.

La revisión propuesta siglo por siglo, desde el XVII hasta el XX, considera a unos cuantos escritores que, según mi punto de vista, ilustran esos cambios en el idioma y reflejan la maestría con que fue utilizado. Desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta Carmen Boullosa, la exposición no es exhaustiva, pero intenta ser abarcadora.

Introducción

La Literatura, una de las siete artes mayores que recrea a través del poder de la palabra tanto el contexto que la produce como las experiencias personales de sus autores, es una interpretación de la realidad que éstos reelaboran y de la que toman elementos para crear una segunda realidad, pero siempre buscando la belleza en cada una de ellas.

Esta noble expresión de los sentimientos ha sido denuncia, crítica, medio didáctico, desahogo o sublimación; por ello, también constituye la evidencia de la evolución de la lengua y del uso que le dan las personalidades reconocida mundialmente; sin ella, la transmisión del mensaje no sería posible.

Antecedentes

Cuando en la segunda mitad del siglo XIII Alfonso X, El Sabio, rey de León y de Castilla en la Península Ibérica consolidó a través de su labor cultural, la lengua romance castellana, cohesionó los muchos intentos que sus antecesores —Raimundo, arzobispo de Toledo con su Escuela de traductores; Rodrigo Jiménez de Rada, “el Toledano” y Lucas de Tuy, “el Tudense”— habían hecho para favorecer el desarrollo del idioma y la cultura. La época alfonsina fue propicia para una innovación trascendental: el romanceamiento y, por ello, este monarca está considerado el creador de la prosa castellana.

Sin embargo, las aportaciones de los juglares (tradición oral), de los clérigos y la influencia gallego-portuguesa y provenzal en la poesía y el dialectismo de diversas regiones de la España medieval fueron factores que aportaron una serie de elementos fonéticos y fonológico, léxicos y morfosintácticos que enriquecieron al castellano, a tal grado que, con el paso del tiempo, el apogeo de la Literatura española se conoce universalmente como los Siglos de Oro, que abarcan desde los últimos años del siglo XV hasta finales del XVII.

Durante esos trescientos años, aproximadamente, le dieron lustre al idioma poetas, dramaturgos, prosistas didácticos y novelistas de la talla Miguel de Cervantes Saavedra, Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Villegas, Luis de Góngora y Argote, Antonio de Nebrija y Juan de Valdés, entre muchas otras pluma magistrales que sentaron las bases de un idioma que se extendió por todo el mundo.

Con la expansión del imperio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, la lengua reglamentada por Nebrija llegó al Nuevo Mundo y se transformó, con las aportaciones regionales de cada una de las zonas donde se establecieron los conquistadores y con las variaciones dialectales que cada uno de ellos aportó, en varios “idiomas” castellanos/españoles que comparten la unidad de su sistema de origen.

Como afirma Isabel Allende en su ensayo La magia de las palabras (1985):

“América Latina, ese vasto continente formado por países desmembrados, por muchas razas y diversos climas, que sufre la agresión externa del colonialismo y sus propias, terribles contradicciones externas, posee un bien común, un fabuloso tesoro que, tal como escribió Neruda, se le cayó a los conquistadores de las botas, de las barbas, los yelmos, las herraduras, y que une a sus habitantes en un solo pueblo: la lengua”.

México y Lima fueron importantes centros de la vida universitaria y administrativa durante la época colonial. Bernardo de Balbuena escribió que en la Nueva España se hablaba el español con más pureza y con mayor cortesanía y, la comedia urbana de Juan Ruiz de Alarcón, es un ejemplo de corrección y refinamiento del idioma.

José G. Moreno de Alba, en el prólogo de Minucias del lenguaje, señala que: “el ser buen escritor no depende precisamente del empleo que se hace de la gramática, sino de la maestría con que se usa la lengua, que no es lo mismo” (2002).

Los ejemplos que se muestran a continuación responden, arbitrariamente, por supuesto, a las preferencias de la autora.

1. Siglo XVII.

En este siglo es imprescindible destacar la labor de una mujer excepcional: Juana Inés de Asbaje (Asuaje) y Ramírez de Santillana, Sor Juana Inés de la Cruz, representante del Barroco Novohispano o Baroco de Indias.

Muchos especialistas que estudian la vida y la obra de esta monja jerónima, con el paso del tiempo y los documentos que recientemente se han dado a conocer, parecen contradecirse en lo relativo a su nombre, fecha de nacimiento, vocación religiosa, relación con el obispo de Puebla, don Manuel Fernández de Santa Cruz, etc. pero poquísimos son los que dudan de la calidad literaria y, por ende, lingüística de la décima Musa.

Digna de mencionar es la reelaboración poética de los modelos gongorinos con características novohispanas, excepcionales en su producción, como también la versatilidad del uso de figuras retóricas; pero como ejemplos de su extensa y variada labor en todos los géneros literarios que cultivó, nos limitaremos a dos aspectos solamente.

Primero, su esmero por imitar las expresiones de los negros con su pronunciación especial del español: cambia la e por i, elimina letras finales o iniciales de algunas palabras e intercala letras que no corresponden a la escritura y, segundo, la incorporación de palabras y dejos en náhuatl de los indios con quienes lo aprendió, en la hacienda de Panoaya que arrendaba su abuelo en Amecameca. Eva Lydia Oseguera, en su Literatura mexicana e hispanoamericana (2008), propone los siguientes ejemplos:

Negrillos:

Coro 1 — ¡Ola, qué hacé, Antonilla!

Coro 2 — ¿Qué mandá?

Coro 1 — Ya lo sabe, qué tené

una fiesta ¿Qué hacé?

Coro 2 — ¡Ya se ve!

Coro 1 — Pues priviní la tambó

porque en fiesta la Sunció

no se está queda la pie.

(Todos) — ¡He, he, he, he!

Coro 1 — Meneá la calabacillo,

para qui las monacillo

aura nus vega a escuchá.

 

Tocotín

Pero estos teopixqui

dicen en so sermón

que este San Nolasco

miechtin compró.

Yo al Santo lo tengo

mucha devoción

y el de Sempual Xúchil

un Xúchil le doy.

Mati Dios, si allí

lo estoviera yo

cen sontle matara

con un mojicón.

2. Siglo XVIII

La literatura mexicana en esta época tuvo la influencia de la Ilustración europea, los artistas y, en el caso que nos ocupa, los escritores se apegaron al racionalismo y a los modelos de la antigüedad clásica de Grecia, Roma y el Renacimiento. El Neoclasicismo impone una expresión refinada, elocuencia y una composición cuidadosa.

Entre los autores de este periodo, en lo que a prosa se refiere, destaca la labor historiográfica del jesuita Francisco Javier Clavijero, quien además de aprender lenguas modernas, latín, griego y hebreo en la Compañía de Jesús, se instruyó en lenguas indígenas en la hacienda de su padre. Del náhuatl se expresa con gran admiración en su Historia antigua de México:

“No embaraza al comercio de los mexicanos la muchedumbre y variedad de lenguas que se hablan en las tierras del Anáhuac; porque la mexicana, que era la dominante, se entendía y hablaba en todas partes. Esta lengua era la propia y nativa de los acolhúas y aztecas y, según lo que decimos en otra parte, de los toltecas y de los chichimecas. Carece la lengua mexicana de consonantes b, d, f, g, r y s, y abundan en l, x, t, z, tl y tz; pero siendo tan común la l no sé de voz alguna que comience con esa consonante. Carece también de esdrújulos; uno u otro muy raro que hoy se oye, parece introducido después de la conquista. Tampoco tiene voz alguna de terminación aguda. Sus aspiraciones son moderadas y suaves, ni es menester servirse jamás de la nariz para su pronunciación”. (Choren, 2000)

3. Siglo XIX

Como reacción contra el racionalismo y la rigidez del Neoclasicismo, el Romanticismo apareció con una fuerza devastadora; su premisa: la libertad en todo, en sentimientos, expresión, imaginación, religión, manera de pensar y de vivir.

La libertad política impone un nacionalismo heroico, es siglo de guerras de independencia en el continente y de inestabilidad gubernamental por la falta de organización de las nuevas naciones.

México es un caso único: inicio de la Guerra de Independencia, Consumación de esta lucha 11 años después, presidentes liberales y conservadores, dos emperadores (un criollo, Agustín de Iturbide y uno austriaco, Maximiliano de Habsburgo). Sin embargo, la literatura siguió desarrollándose y se manifestó a través de diferentes temáticas: lo sobrenatural, lo histórico, lo costumbrista.

Se fundó la Academia de Letrán, institución que reunían a los escritores de la época y Guillermo Prieto, escritor costumbrista, en Memorias de mis tiempos, describe el acontecimiento. Este autor, en otra de sus obras: Musa callejera, nos retrata el lenguaje de las clases populares. En un episodio titulado “Trifulca”, describe lo siguiente:

“Formando circo la gente como quien ve topar gallos, entre mujeres que gritan
y empujones de muchachos, entre ladridos de canes furiosos y el polvo alzando, arremetió la Bartola                                                                            contra el zurdo Cayetano.
Y aquellas fueron mordidas, y aquellos fueron araños,
y aquellas las indirectas
de avergonzar a los diablos. Los mechones de cabellos por los aires van volando, riegan el hollado suelo
los girones de los trapos; y la Bartola insultiva                                                                                                                                                                    ya triunfa de Cayetano, cuando éste al fin se calienta, como que no era de palo,                                                                                                           y le pega a la Bartola tal retreta de sopapos, que parece que en sus lomos repican el zapateado…”

Uno de los novelistas y teóricos literarios más representativos de esta etapa del Romanticismo mexicano es Ignacio Manuel Altamirano. Sus novelas Clemencia y El Zarco, reflejan los contextos histórico-sociales de la ciudad de Guadalajara, durante la intervención francesa y la situación del campo mexicano y la proliferación de bandidos que asolaban haciendas y pequeños poblados.

4. Finales del siglo XIX, inicios del XX

El periodo gubernamental del General Porfirio Díaz matiza la vida cultural mexicana con un tinte francés y un afán de internacionalización que propicia el desarrollo de la corriente Modernista; poetas como Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón, hacen gala de la cultura cosmopolita que los caracteriza. De Gutiérrez Nájera, reproducimos un fragmento del poema La duquesa Job, tomado de Ómnibus de poesía mexicana, (1980):

“En dulce charla de sobremesa, mientras devoro fresa tras fresa y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa que adora a veces el duque Job.

No es la condesa que Villasana caricatura, ni la poblana de enagua roja que Prieto amó; no es la criadita de pies nudosos, ni la que sueña con los gomosos y con los gallos de Micoló.

Mi duquesita, la que me adora, no tiene humos de gran señora; es la griseta de Paul de Kock. No baila “boston “, y desconoce de las carreras el alto goce, y los placeres del “five o’clock”.

En esta estética, el poeta hace gala de la perfección formal y el manejo del idioma con sus influencias extranjeras.

5. Siglo XX

El siglo pasado dio paso a infinidad de tendencias literarias donde la lengua española manifestó su riqueza en todos los aspectos posibles. Surgieron extraordinarios ensayistas, novelistas, cuentistas, poetas y dramaturgos, culminando en 1990 con un premio Nobel de Literatura: Octavio Irineo Paz Lozano, considerado uno de los más influyentes escritores y uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos.

No se puede omitir la mención de los grandes ensayistas del Ateneo de la Juventud, como Alfonso Reyes, que define al “…ensayo: este centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al “Etcétera” cantado ya por un poeta contemporáneo preocupado de filosofía…”, en “Las nuevas artes”, de Los trabajos y los días, con magistral exactitud.

La novela de la Revolución Mexicana, con Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán, entre otros; la novela indigenista de Rosario Castellanos; el “Boom” Latinoamericano con Carlos Fuentes y la indefinible y extraordinaria obra de Juan Rulfo, cuya sencillez en el lenguaje de cada uno de sus personajes denota un profundo conocimiento de su idioma, mismo que le permite jugar con los elementos estructurales, tiempo y espacio, de la narración para crear con elementos reales, una segunda realidad independiente de la primera.

Por ejemplo, en “Luvina”, cuento de El llano en llamas (2003), censura con un especial sentido del humor:

“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. Vámonos de aquí –les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.

Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.

—¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno? Les dije que sí.

—También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno.

Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron sus dientes molenques y me dijeron que no, que el gobierno no tenía madre.”

Otro caso singular es el de José Emilio Pacheco, ensayista, poeta, traductor y narrador quien ha recibido varios premios, el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, 1992 y el José Asunción Silva al mejor libro de poemas en español publicado entre 1990 y 1995. Como ejemplo tomaremos un fragmento de “Tenga para que se entretenga”, cuento que se incluye en su antología El principio del placer:

“A la hora del almuerzo el Bosque había quedado desierto […] Rafael se entretenía en obstaculizar con una ramita el paso de un caracol. En ese instante se abrió un rectángulo de madera oculto bajo la hierba rala del cerro y apareció un hombre que le dice a Rafael:

– Déjalo. No lo molestes. Los caracoles no hacen daño y conocen el reino de los muertos.

“Salió del subterráneo, fue hacia Olga, le tendió un periódico doblado y una rosa con un alfiler:

– Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda” (Pacheco, 2005)

También es singular el caso de una mujer de extraordinaria vitalidad, fantasía y creatividad, escritora prolífica que ha cultivado varios géneros: Carmen Boullosa. Una de las escritoras mexicanas y promotoras culturales más laureadas por su labor literaria a nivel mundial. Premio Xavier Villaurrutia, el Liberaturpreis de la Ciudad de Frankfurt, Anna Seghers de Berlín, el Café Gijón y cinco NY EMMYs. Becaria Guggenheim, del Cullman Center de NYPL, profesora en Georgetown y otras instituciones estadounidenses, miembro del Sistema Nacional de Creadores de México.

Un mínimo ejemplo de su poesía es el siguiente poema:

“Tu cuerpo pulsado por sí mismo
es en mis oídos viento claro y fresco, sonido límpido del cobre y del aliento: eres tus labios rezumantes de lima, eres tus ojos recubiertos de bruma,
eres tu mano fina ciñéndose cierva: porque en ti anida el mar, eres su guía, y de ti la más torpe raíz bebe su espina: porque tú eres el viento
y eres también la boca virgen
que muchos metros ocultan”.

Tomado de: https://jamletincuto.com
La voz poética de Boullosa es transparente, sencilla y apasionada y, por lo mismo, muy cercana al lector.

Conclusiones

El ser humano por naturaleza, tiene la facultad de construir una lengua, un sistema de signos que responden a su necesidad de comunicarse con los otros, ya sea a través de un código oral o escrito; sin embargo, la magia de las palabras radica en el talento del hombre para unirlas y combinarlas para lograr determinados fines; literariamente se recrea la belleza porque la función poética de la lengua ofrece la posibilidad de jugar con el ritmo, la musicalidad y el significado de las mismas y con eso, la transmisión de los sentimientos y emociones cobra permanencia y universalidad.

Referencias

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Arias Álvarez, Beatriz. Documentos públicos y privados del siglo XVI. UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Lingüística Hispánica “Juan Manuel Lope Blanch”. México, 2014. Ediciones especiales, 77.

Choren de Ballester, Josefina, Guadalupe Goicoechea de Junco y Ma. De los Ángeles Rull de Pulido. Literatura mexicana e hispanoamericana. 11a reimp. México, Publicaciones Cultural, 2000.

Lapesa, Rafael. Historia de la lengua española. 4a ed., Madrid, Escelicer, S.A., 1959.
Lope Blanch, Juan Manuel. Ensayos sobre el español de América. UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas. México, 1993.

Moreno de Alba, José G. Minucias del lenguaje. 6a reimp., México, Fondo de Cultura Económico, 2002.

Ómnibus de poesía mexicana. Siglos XIV a XX. Presentación, compilación y notas de Gabriel Zaid. 8a ed., México, Siglo veintiuno editores, S.A., 1980.

Oseguera, Eva Lydia. Literatura mexicana e hispanoamericana. 3a reimp., México, Grupo Editorial Patria, S.A. de C.V., 2008.

Pacheco, José Emilio. El principio del placer. 14a reimp. México, Ediciones ERA, 2005.

Rulfo, Juan. El llano en llamas. México, La Jornada. 2003. Edición especial.

Schmidhuber de la Mora, Guillermo y Olga Martha Peña Doria. Familias paterna y materna de sor Juana. Hallazgos documentales. 1a ed., México, Centro de Estudios de Historia de México Carso y Escribanía, S.A. de C.V., 2016.

Soriano Vallés, Alejandro. Aquella Fénix más rara. México, Minos Tercer milenio, S.A. de C.V., 2012.

http://www.lecturalia.com/autores Consultada el 20 de diciembre de 2017.

http://www.eluniversal.com.mx/autores Consultada el 20 de diciembre de 2017.

https://jamletincuto.com Consultada el 22 de diciembre de 2017.

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