Por: Adriana de Villa

En estos tiempos de la Internet, se pone en duda que el acto de leer metódicamente como se hace en los libros, sea el vehículo ideal para la divulgación del conocimiento y su transmisión a nuevas generaciones. Ahora todo se googlea, y se hace acríticamente, sin una base de conocimiento y un bagaje cultural que facilite un criterio que filtre y juzgue la veracidad del contenido que se obtiene en la red. A diferencia del libro, en la red se lee fragmentaria e incidentalmente, no hay la concatenación y la metalectura que facilitan los libros al ir formando una cultura. En este contexto hay que seguir revalorizando e inculcando el hábito de la lectura, así como enseñar una metodología para leerlo. Pero en el marco de la cultura contemporánea es probable que debamos revisar el método de divulgación de la lectura a las nuevas generaciones, más hechas a la era de la información.

Aunque en este texto hablaré de obras literarias, me referiré a ellas como el libro o los libros, las metodologías aquí revisadas se centran en la Literatura como vehículo de placer y goce en la historia y el lenguaje; sin embargo, la aproximación al libro como instrumento de conocimiento, ya sea técnico, ensayo o cualquier otro género, siempre será más fácil y efectiva si se tiene la habilidad de la lectura. La Literatura gracias a su aporte lúdico ayuda a desarrollar esa habilidad. Así que aquí tomamos la aproximación al libro de Literatura como puerta de entrada a todos los demás, y yendo más lejos aún después de los otros libros, manteniéndose como fuente de enriquecimiento del espíritu, de ahí su importancia.

En este artículo, expongo mis experiencias como docente a la vez que hago el análisis de las ideas que el profesor de literatura y novelista Daniel Pennac vierte en su ensayo Como una Novela. Pennac es considerado uno de los autores franceses más influyentes del momento y resulta muy interesante contrastar sus planteamientos sobre la divulgación de la lectura y su metodología con mis propias experiencias en el aula y talleres de lectura.

Con una narrativa coloquial y ágil, en Como una Novela Pennac sostiene que el amor por la lectura es algo que todo niño ha experimentado y la reconciliación con el libro es por tanto algo que puede recuperarse. La obra indaga sobre las razones por las que el niño pide se le lea un cuento cada noche, siendo un lector potencial termina por convertirse en el joven que siente verdadera fobia por la lectura. Con este exitoso manual, o antimanual de lectura como es conocido en Europa y apoyado en su experiencia como docente, Pennac busca orientar a los docentes de bachillerato para lograr que los alumnos adquieran o recuperen el placer de la lectura. No sé si este método sea aplicable a nivel licenciatura, e inclusive en el bachillerato en México, pero ciertamente nos puede aportar ideas para introducir a la lectura a un alumnado que viene sin ese hábito y sin un bagaje de libros esenciales que les permita aprovechar adecuadamente su paso por la Universidad.

En cada nuevo curso de la materia de Lectura me he encontrado con que la gran mayoría de los alumnos llegan del bachillerato con un gran déficit en materia de lectura y de conocimiento de obras literarias y que al preguntarles responden en su mayoría no tener el hábito o el gusto por los libros, aún cuando han elegido una carrera en donde la lectura es una herramienta indispensable. A lo largo de los cursos que imparto analizamos diferentes tipos de textos; en la primera lectura, a ciegas, sin ningún tipo de información o conocimiento previo sobre el autor, contexto histórico y texto en cuestión, me intereso por saber las ideas, imágenes, sensaciones, emociones, evocaciones que la lectura haya suscitado en los alumnos, algunas veces, me encuentro con diferentes opiniones, pero con frecuencia con miradas atónitas y bocas silenciosas, o un “nada”, “no sé”, “no entendí” por respuesta. Comienzo entonces a abordar la biografía del autor, su contexto histórico, el de la obra, pasamos a una segunda lectura del mismo texto y entonces el contenido y el sentido del libro comienzan a clarificarse, en esto precisamente consiste la formación de una cultura, a diferencia de la lectura fragmentaria en la Internet para sólo obtener cápsulas de información. Después de estas dos etapas, continúo con mis explicaciones, anotaciones, anécdotas, etc. y el alumno comienza por sí solo a aventurarse en la comprensión e interpretación del texto, hay excepciones. Al final del curso, constato el progreso de algunos alumnos, aquellos a los que logré tocar; no obstante, muchas veces encuentro intocables. ¿Por qué? ¿de qué depende? ¿por qué al cabo de este curso a lo largo de varias generaciones, impartiendo la misma materia de lectura hay alumnos e inclusive grupos de los que uno obtiene excelente respuesta, pero en otros no es el caso? Buscando dar respuesta a estas preguntas me propuse junto con mi grupo de la materia de Lectura leer el libro de Daniel Pennac, aplicarlo, comentarlo, discutirlo y a partir de ello, sacar mis propias conclusiones con base en mi experiencia en clase y enriqueciéndolo con la participación de los alumnos; el antimanual, como se le ha llamado en Europa cuya difusión y crítica —no sé qué tanto su aplicación— ha sido exitosa, nos invita a los docentes a prescindir de herramientas pedagógicas tales como las que utilizamos históricamente, biografías, contextos, cuestionarios de comprensión de lectura, entrega de reportes de lectura, etc. El proyecto buscó alcanzar los siguientes objetivos:

—Que el alumno pierda el miedo a la lectura, lea por placer y citando a Pennac “se embarque en un libro como en una aventura personal y libremente elegida”.

—Buscar la “reconciliación con el libro”

I- De la magia a la aversión por la lectura

Pennac afirma: “El verbo leer no soporta el imperativo, al igual que el verbo amar. Ama en su forma imperativa no nos da resultado alguno”, por el contrario, puede provocar verdadera aversión por el objeto o sujeto que debe ser amado; mientras que su prohibición produce el efecto contrario. Si lee en la actualidad parece ser la consigna de profesores, padres de familia y hasta de campañas en los medios masivos de comunicación: “Lee 20 minutos al día”, hasta hace no muchos años —sino es que aun sucede—,  a un niño o mujer lectores solía decírseles “No leas, que te mete ideas en la cabeza”, “Mujer que sabe latín no encuentra marido ni tiene buen fin”, leer como un acto subversivo.  Se trata pues de leer o no leer, en imperativo.

Igual que al principio de las civilizaciones con la narrativa oral, en la infancia y con la presencia del padre o la madre cuentacuentos, la lectura no era deber sino fuente de placer. El placer de escuchar historias, pero también de contarlas. El contador de historias o autor, entonces, el padre-lector como el puente, el alquimista, el portal a la magia, al mundo de la fantasía y la imaginación: al mundo del libro, de la abstracción y de la recreación del mundo íntimo para dotarlo de sentido. El padre lector y el cuento que al final de la jornada prometía el escape de la realidad cotidiana, lo contrario suponía la privación de ese placer. Un placer, una imaginación, un sentido, propios, los del niño. El argumento, los personajes, el sentido. Si habían sido comprendidos o no, no era algo que se buscara saber u obtener. Sólo el niño lo sabría y aquello formaba parte de su universo personal. Según Pennac, “Sus relaciones privadas con Blanca Nieves o con cualquiera de los siete enanos pertenecían al orden de la intimidad. Abrimos formidablemente su apetito de lector. ¡Hasta el punto de que tenía prisa por aprender a leer! ¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!”. Mientras, en el salón de clase descubrimos que a dos de las tres alumnas de la clase de Lectura no les leyeron de niñas sus padres ni en la escuela. A la tercera de ellas su padre le contaba cuentos inventados por él. A mí no me leyeron, sin embargo, soy lectora voraz, lo que contradice a Pennac en mi caso particular.

II- Hay que leer. El dogma

Algunos años después la magia y el placer han dado paso al deber, al imperativo hay que leer, a la aversión a la lectura, al joven asustado ante la enorme cantidad de páginas por afrontar en tan poco tiempo. ¿A dónde se fue el placer? Aparece entonces el dogma por parte de padres y profesores: culpamos al siglo de lo audiovisual, la pasividad del telespectador, la Internet, las redes sociales (las alumnas de Lectura manifestaron no creer tampoco que la televisión sea el problema, consideran que encenderla es cuestión de decisión propia); o bien, la brecha generacional, la sociedad de consumo… y cuando no es culpa de todo lo anterior lo es de la escuela; enumeramos las diferentes razones para no amar la lectura, olvidando lo único que años atrás había producido la magia: la intimidad. La creación o recreación del universo propio, función esencial del cuento y el arte en general, el dotar de sentido a la existencia, la sublimación o evasión de la rutina del cotidiano, la fuente de placer por el placer mismo. Un viaje, un mundo, un regalo, gratuitos, sin pedir nada a cambio, sin exigir una comprensión, una descripción, una explicación.

Cuando el niño ingresa a la escuela el padre cuentacuentos abandona su labor de alquimista que proporcionaba la fuente de placer para convertirse en el vigilante del nuevo deber ser o lo delegará al profesor.  El regalo se convierte en imposición, leer se conjuga en imperativo y la lectura por placer se ha perdido.

Pero puede recuperarse…

¿En qué momento se perdió? Según Pennac: “En el momento en que se puso fin a las lecturas nocturnas: lo que un niño comienza por aprender no es la acción, sino el gesto de la acción; ayudamos al aprendiz a hacer sus deberes y cuando manifestó los primeros signos de cansancio en materia de lectura, insistimos en que leyera su página diaria y entendiera su sentido“. Tarea no siempre fácil, además de comenzar a compararlo con los otros chicos.

¿Qué se hizo del lector potencial ideal que era el niño en los tiempos del padre cuentacuentos? Los personajes mágicos que lo aliviaban de la preocupación por sí mismo llamándolo en su ayuda convertidos ahora en el objeto de su tortura, el deber de comprenderlos, describirlos e interpretarlos. La magia y el placer perdidos.

En el curso de Lectura requerí a las alumnas la lectura del libro de cuentos La semana de colores de Elena Garro y más tarde Historias de la palma de la mano de Yasunari Kawabata. Las alumnas me dijeron tras la primera lectura a ciegas: “No entiendo pero me gusta” a propósito del cuento de Garro, en el caso de Kawabata, autor de literatura japonesa tradicional, que responde a una cultura muy diferente de la nuestra, una de las alumnas manifestó: “me gustaron las sensaciones e imágenes que me produjo en la mente,  me vinieron imágenes de las series de televisión japonesas o animes”, hay que apuntar que ésta es precisamente la forma de leer a Kawabata, la suya es la literatura de los sentidos, y ese fue un encuentro afortunado con ese libro en particular.

Cuando no nos preocupábamos por saber si el niño había comprendido el cuento, y quizás no habiéndolo hecho en absoluto, el libro creaba magia, producía música, el sonido de palabras bonitas, pasajes que se aprendían de memoria, notas que tocaban sensaciones y emociones sin necesidad de entenderlas; y, sin embargo, poco a poco se iba desentrañando el misterio y se entendía o al menos lo entendido pertenecía al mundo propio, a la percepción individual, al mundo de la intimidad. Al momento de tener que entender algo, y un algo específico, la lectura se ve rebajada al papel de tarea y temor, al castigo,  rechazo o burla. “Si además se le agrega no hay televisión hasta terminar la lectura, la primera se ve elevada a la dignidad de recompensa y la lectura rebajada a castigo”, lo reafirma Pennac.

Y esta conversión de placer-magia-regalo a deber ser-tarea-castigo es culpa de los adultos. ¿Cuál es pues el camino para recuperar el placer extraviado? La trinidad libro-cuentacuentos/magia/alquimia-lector/niño recuperar el amor al libro, la magia.

Las alumnas de lectura reportan efectivamente aversión en el momento de sentirse obligadas a emprender una tarea escolar incluso si se trata de algo que les gusta como el acto de leer.

Se buscan los mejores métodos para aprender a leer y a los culpables de su fracaso: los programas, las escuelas, los maestros, las instalaciones, la falta de bibliotecas, la falta de presupuesto de la Secretaría de  Educación, etc.

Hay que inculcar en el niño, el joven y el estudiante el interés por leer, difícilmente se podrá mejorar un instrumento con el que se atormenta; es decir, si lejos de estimular el deseo de aprender, cultivarse, vivir, se pone a prueba su competencia y habilidad de comprensión de lectura. “Leer más es vivir más” manifestó en alguna entrevista el escritor argentino Andrés Neuman. Luego entonces, donde en principio se tenía a un buen prospecto de lector o al menos a un gran escucha de las historias que se le contaban, se convierte en obligación lo que fue fuente de placer, sustentando este deber en el aprendizaje y no en el placer por el placer mismo y la ampliación de los propios horizontes. “No es bajo la forma de vocabulario y sintaxis como la Literatura comienza a seducirnos. Acuérdense simplemente de cómo las Letras se introducen en nuestra vida”, Paul Valéry.

Ahora bien, según Pennac, “este placer está muy próximo. Abrir de nuevo la puerta de su habitación, sentarnos a la cabecera de su cama… y reanudar nuestra lectura común”. Leer en voz alta gratuitamente, sus historias preferidas… recuperar el misterio de la Trinidad: el lector, el texto y nosotros (padre/profesor): El profesor de lectura. Sin preguntas, limitándose a leer, como apunta Pennac, “El profesor de lengua ha entendido: al alumno en cuestión «no le gusta leer». Y lo más extraño es que de niño leía mucho… Pero ni padres ni profesores desean especialmente que estos chicos lean… Tampoco desean lo contrario… Desean tan sólo que saquen adelante sus estudios. ¡Punto! El papel de la escuela se limita al aprendizaje de técnicas, al deber del comentario y responder al cuestionario de comprensión de lectura. Parece establecido que el placer no tiene que figurar en el programa de las escuelas y que el conocimiento sólo puede ser el fruto de un sufrimiento/esfuerzo bien entendido. Es comprensible, pues la escuela no puede ser una escuela del placer, las materias enseñadas en ella son los instrumentos del conocimiento y todo en la vida escolar: programas, notas y exámenes, reafirma la finalidad competitiva inducida por el mercado del trabajo. Nos olvidamos de dotar de vitalidad a los programas.

La verdad es que la mayoría de los buenos lectores han adquirido su cultura literaria —y su amor por los libros— fuera de la escuela. Una vez que se ha experimentado la magia de la gran literatura el lector quiere más de eso, necesita más, comienza a leer por gusto y voluntad propios. Se aprende a amar y necesitar la lectura.

Así pues, Pennac nos propone: ¿Y si, en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer? El deseo de transmitir las ideas, reflexiones, emociones y apertura de ventanas que la lectura ha obrado en nosotros a la par que nos hace también tomar consciencia de nuestra propia ignorancia.

Aquí aparece una idea revolucionaria y controversial de Pennac: “¡Lo más importante es que el profesor lea todo en voz alta! La confianza que pone de entrada en el deseo de aprender… El hombre que lee en voz alta nos eleva a la altura del libro. ¡Da realmente de leer! En lugar de ello, nosotros, que hemos leído y pretendemos propagar el amor al libro, preferimos con excesiva frecuencia comentaristas, intérpretes, analistas, críticos, biógrafos.… En lugar de dejar que la inteligencia del texto hable por nuestra boca, nos encomendamos a nuestra propia inteligencia, y hablamos del texto”. Y aquí cabe preguntarse, ¿Es aplicable en el Bachillerato o la Universidad, ante alumnos que tienden al aburrimiento? ¿Qué clase de preparación histriónica debería poseer el profesor para contar una historia de forma entretenida y comprensible cual cuentacuentos!

Según Pennac, “Una lectura bien llevada salva de todo, incluido uno mismo”, y lo completo, de las tinieblas de la ignorancia, pero también de la rutina o tedio, del sin sentido, del vacío, la lectura como mecanismo de defensa y evasión, pero también fuente inagotable de conocimiento, placer, viaje, introspección, expansión, riqueza transmitible; pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo recuperar el amor a la lectura, el amor al libro? El libro no sólo convertido en objeto de temor, a sentirse tonto, por no entender el sentido, por no saber qué responder ante las preguntas del profesor, ante la prueba de comprensión de lectura, ante el análisis que debe entregarse, ante la burla de los demás o la equivocación al leer en voz alta. El temor que las alumnas de la clase de lectura dicen haber experimentado algunas veces a lo largo de su paso por la escuela, y a veces heridas, que no se olvidan. Como sabemos, muchos alumnos sufren. También aparecerán los expertos en el copy-paste desde la primaria hasta el final de la licenciatura, e inclusive en el ámbito profesional. Futuros adultos privados del placer de la lectura. Sobre estos chicos problema Pennac señala:

nada tan tranquilizador como un cero perpetuo en matemáticas o en ortografía: el excluir la eventualidad de un progreso suprime los inconvenientes del esfuerzo. En pocas palabras, no se quieren. Y ponen en proclamarlo una convicción todavía infantil- Quisieran ser libres y se sienten abandonados-Y, evidentemente, no les gusta leer.

—Bien —dice el profe—, como no os gusta leer… soy yo quien os leerá los libros

No, no, es inútil tomar notas. Intentad escuchar, eso es todo.

Ni uno solo, de esos treinta y cinco refractarios a la lectura, ha esperado a que el profe llegara al final de uno de sus libros para terminarlo antes que él. ¿Por qué dejar para la semana próxima un placer que podemos ofrecernos en una noche?

De las tres alumnas de la materia de Lectura, la que no se considera a si misma lectora fue la única que por gusto y decisión propios se adelantó y terminó de leer por iniciativa propia, en casa, el libro que estábamos leyendo en voz alta en el aula. Continuó con el libro siguiente incluido en el mismo volumen y que no era requerido para su lectura en clase o en el curso.

Esta alumna manifestó sentir miedo de equivocarse al leer mal en voz alta frente a los demás, y logra mayor concentración en la lectura cuando escucha a otros leer en voz alta, mientras que las alumnas que se consideran lectoras dijeron concentrarse mejor cuando ellas son las que leen. Una de ellas prefiere hacerlo en voz baja y la otra en voz alta, pero dicen desconcentrase cuando escuchan a otro leer. Esto es una muestra puntual de la diversidad de las conductas y hábitos frente al libro que hallamos en la sociedad, es así de heterogénea por los diferentes grados de aproximación que los individuos tienen hacia el libro sumados a su propio carácter para tolerar la lectura de otro y la habilidad personal para mantener la concentración en la lectura en voz alta o depender de ello —que es un mal hábito— para poder leer.

El placer de leer —dice Pennac— estaba muy cercano, secuestrado en esos graneros adolescentes por un miedo secreto: el miedo (muy, muy antiguo) a no entender. Habían olvidado pura y simplemente lo que era un libro, lo que tenía que ofrecer. Habían olvidado, por ejemplo, que una novela cuenta fundamentalmente una historia“. Así es, las tres alumnas reportaron haber sentido miedo o recordar algún episodio fuerte o traumático al sentir miedo o sentirse tontas ante el regaño de algún maestro en el kínder y la primaria por no entender. La novela, la telenovela, la película, el documental, Netflix, el fin de semana de los compañeros, el chisme de la amiga, todos nos cuentan historias y todos deseamos que se nos cuente alguna, las buscamos, las necesitamos. Hagamos ver que un libro cuenta fundamentalmente una historia, es un remedio a nuestra hambre de narración. La televisión, nuestra sociedad “pantallizada”, como la describe Fernando Savater, nos sacia en buena medida, pero no nos nutre con su fast food. Y, al poco rato, el hambre regresa junto con el vacío…

Para saciar el hambre de narración, recuperar al libro, al cuentacuentos, a la magia, Pennac propone hacerlo con la lectura en voz alta por parte del profesor.  A la voz del autor, su estilo, agregar la gracia de la narración, la voz del profesor. Con esto Pennac, espera que el alumno piense: “¡Exactamente igual que mi padre y yo!… Ahora nos movíamos en el presente desplegado en sus páginas. Es verdad que la voz del profesor ha intervenido en esta reconciliación: evitándonos el esfuerzo de descifrar, dibujando claramente las situaciones, plantando los decorados, encarnando los personajes, subrayando los temas, acentuando los matices, efectuando, lo más limpiamente posible, su trabajo de revelador fotográfico”. Y sí, dos de las tres alumnas evocaron el recuerdo vívido del goce de una lectura en voz alta por parte de algún maestro de primaria.

Después del curso una alumna manifestó la intención de releer todos los libros que había leído a lo largo de su vida, porque ahora se daba cuenta de que en realidad no los había leído. Esto después de las sesiones de lectura en voz alta en aula —de cada uno de los alumnos—, después de haberles expuesto y desglosado yo poco a poco, a la par de las lecturas del libro de cuentos La Semana de Colores de Elena Garro, la biografía de la autora y el contexto histórico, es decir, siendo “pedagógica”, al contrario del consejo de Pennac de limitarme a leer en voz alta.

Ante mi cuestionamiento, las alumnas me respondieron haber disfrutado aunque no entendieran el primer cuento leído en voz alta en clase, pero haber comprendido y disfrutado más el libro después de la exposición de la biografía del autor y el contexto de la obra. Las dos alumnas que se consideran lectoras dijeron tener gusto por la lectura, efectivamente, desde el padre cuentacuentos (historias inventadas por él), pero sienten les faltaba adentrarse con mayor profundidad en el libro y consideran la clase de Lectura, con biografías, contextos, charlas, discusiones expuestos poco a poco como una buena herramienta, sin haber sentido presión, miedo u obligación. Ahora bien, ésto mismo resultó  igualmente favorable con el grupo A actualmente en el 4o. cuatrimestre, no fue así con el grupo B, del mismo cuatrimestre, donde la respuesta a la lectura no fue tan favorable, pero mejoró al leer literatura japonesa que lograron asociar con los dibujos animados y el Manga con el que crecieron.

Además del temor a no entender, el otro miedo a vencer es la duración del tiempo de la lectura y la cantidad de páginas lo cual no tiene sustento, podemos hacer una lectura razonable de 40 páginas por hora, esto es 160 páginas en 4 horas de clase de lectura a la semana, lo que puede equivaler a una obra de teatro a la semana, una novela corta por semana, una imposible novela de 600 páginas al mes, ¡2500 páginas al cuatrimestre! Una hora diaria de lectura en casa, nuevamente a razón de 40 páginas por hora, se traducen en 1120 páginas al mes. Desde el momento en que alguien plantea la falta de tiempo para leer, es que no tiene ganas. Si la lectura es placer, evasión, introspección, recreación, conocimiento, cultura, vida… otras vidas, debe tener su espacio, ya que también es un medio para descansar, disfrutar, recrearse, sólo que es un vehículo diferente al propuesto por el mass-media y el consumismo. También están las horas muertas, las horas perdidas en los interminables traslados en el transporte público que serían lapsos más amenos en compañía de un libro.  Como dice Pennac: “El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector“.

Ahora bien, Pennac nos propone :

Basta una condición para la reconciliación con la lectura: no pedir nada a cambio. Absolutamente nada. No alzar ninguna muralla de conocimientos preliminares alrededor del libro. No plantear la más mínima pregunta. No encargar el más mínimo trabajo. No añadir ni una palabra a las de las páginas leídas. Ni juicio de valor, ni explicación de vocabulario, ni análisis de texto, ni indicación biográfica… Prohibirse por completo «hablar de».
 Lectura-regalo. Leer y esperar.
 Una curiosidad no se fuerza, se despierta. 
Leer, leer, y confiar en los ojos que se abren, en las caras que se alegran, en la pregunta que nacerá, y que arrastrará otra pregunta. 
Si el pedagogo que llevo dentro se ofusca por no «presentar la obra en su contexto», persuadir a dicho pedagogo de que el único contexto que interesa, de momento, es el de esta clase.
Los caminos del conocimiento no confluyen en esta clase: ¡deben partir de ella!
De momento, leo unas novelas a un auditorio que cree que no le gusta leer.

En mi experiencia personal, tras impartir la materia de Lectura y recibir desde alumnos lectores, como aquellos que sin serlo manifiestan una actitud más abierta hacia ella, hasta quienes demuestran verdadero rechazo, en cualesquiera de estos tres grupos en que podría ubicar a los alumnos y tras leer con todos ellos en voz alta en aula (tanto yo como cada uno de ellos) el libro de cuentos La semana de colores de Elena Garro, los primeros tres cuentos que leímos sin alzar ninguna muralla de conocimientos preliminares alrededor del libro. No plantear la más mínima pregunta. No encargar el más mínimo trabajo. No añadir ni una palabra a las de las páginas leídas. Ni juicio de valor, ni explicación de vocabulario, ni análisis de texto, ni indicación biográfica… Entre los alumnos que se consideran a sí mismos como lectores o entre quienes manifiestan una actitud abierta me he encontrado  siempre con el comentario “no entiendo, pero me gusta” u otros comentarios, ideas, opiniones, interpretaciones a partir de la lectura de los cuentos; mientras que en el caso de los alumnos que manifiestan no gustarles la lectura, los que dicen “leer me da sueño”, me he enfrentado a su silencio, a la ausencia de comentarios o a las miradas atónitas y las bocas cerradas, no a propósito del sentido, no a una serie de preguntas de comprensión de lectura, sino a las sensaciones, emociones, ideas, imágenes propias, que la  lectura del cuento les haya suscitado independientemente de que les guste o no (lo cual es su derecho), hayan entendido algo o no.

Después de esa primera lectura-regalo, a ciegas, comienzo por exponer la biografía del autor, en este caso Elena Garro,  el contexto histórico en que se desenvolvió su vida, el contexto histórico en que se ubican sus historias, género o corriente literaria;  hacemos una segunda lectura en voz alta ya con estos elementos, y es entonces cuando comienzan a escucharse los ¡Ah!, ¡OK!; luego continúo develando o desgranando, datos biográficos, anécdotas, precisiones a propósito del vocabulario, manejo del tiempo, estilo… y me parece que los alumnos con mejor actitud hacia la lectura comienzan a dejar salir a su propio pedagogo, a su crítico literario, y su propia subjetividad: sus asociaciones, imágenes y sensaciones.  Difiero aquí entonces de lo que propone Pennac con respecto al hecho de reprimir mi método pedagógico.  Entre los alumnos que manifiestan aversión por la lectura, lastimosamente, debo admitir no encontrar diferencia de actitud entre la primera lectura a ciegas y la lectura tras la exposición del contexto. Surge entonces mi duda, ¿es en verdad posible recuperar el amor por la lectura o podemos dividir el mundo en lectores y no lectores?

De acuerdo a Pennac, una vez reconciliados con la lectura, habiendo perdido el texto su estatuto de enigma paralizante, el esfuerzo por alcanzar su sentido se vuelve un placer y, una vez vencido el temor de no entender, las nociones de esfuerzo y de placer actúan una en favor de la otra, pues el esfuerzo realizado por el alumno asegura el incremento de su placer y el placer de comprender le sumerge hasta la ebriedad en la ardiente soledad del esfuerzo. Asimismo, en el proceso el alumno  entenderá «cómo funcionan las cosas», incluido el arte y la manera de «hablar de», de hacerse valer en el mercado de los exámenes y de las oposiciones. Por el contrario,  un «mal alumno» es un muchacho desprovisto de aptitudes tácticas que, en su pánico por no ofrecer lo que esperamos de él, no tarda en confundir escolaridad con cultura. Dejado a un lado por la escuela, se cree inmediatamente un paria de la lectura. Se imagina que «leer» es en sí un acto elitista y se priva de libros durante toda su vida por no haber sabido hablar de ellos cuando se le pedía. Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa; nuestra intimidad de lector y nuestra cultura otra. A lo largo de su aprendizaje, se impone a los escolares y a los estudiantes el deber del comentario, y las modalidades de este deber les asustan hasta el punto de privar a la gran mayoría de la compañía de los libros. Por otra parte, en nuestra época, tan influida por los medios masivos de comunicación, el comentario domina hasta el punto de apartarnos del objeto comentado. Así, Pennac considera que hablar de una obra y exigir a los alumnos hablar de ella no es el fin en sí. El fin es la obra. La obra en las manos del alumno. Y el primero de sus derechos, en materia de lectura, es el derecho a callarse.

Pennac remata su ensayo con un decálogo sobre los derechos de los lectores, y de ahí el nombre de antimanual que se le da a su ensayo, pues contrarios a la metodología a la que estamos acostumbrados, el autor considera que debemos procurar  desacralizar al libro mediante una descripción más «realista» de la manera en que quienes nos asumimos lectores tratamos nuestros libros, pues nosotros  «lectores», nos permitimos todos los derechos, comenzando por aquellos que negamos a los jóvenes a los que pretendemos iniciar en la lectura.

1) El derecho a no leer.

2) El derecho a saltarnos las páginas.

3) El derecho a no terminar un libro.

4) El derecho a releer.

5) El derecho a leer cualquier cosa.

6) El derecho al best-seller  
(a la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones)

7) El derecho a leer en cualquier sitio.

8) El derecho a hojear.

9) El derecho a leer en voz alta.

10) El derecho a callarnos.

Una propuesta ciertamente novedosa y nada ortodoxa la que nos propone Daniel Pennac a lo largo de su ensayo y finalizando con este decálogo. Como mencioné al principio de este artículo, si bien cabe cuestionarse qué tan aplicables son estas ideas a un nivel de bachillerato y más aún de licenciatura, donde uno esperaría, y considera indispensable, que el alumno cuente ya con un bagaje cultural y cierta escolaridad literaria que le permitan abordar, analizar, discutir y valorar los textos literarios a un nivel profesional; la realidad es que los docentes nos enfrentamos cada vez con más frecuencia a un alumnado proveniente del bachillerato que carece en gran medida de ellos; cuando es necesario que cumpla con un programa, unas metas académicas y además se le pueda evaluar.  Este déficit en materia de lectura nos lleva a su vez a una cultura y vocabulario bastante pobres, problemas de redacción e inhabilidad en la asociación de ideas y, por tanto, en la elaboración de análisis.

De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), México ocupa el penúltimo lugar en consumo de lectura entre 108 países del mundo. En promedio, un mexicano lee menos de tres libros al año y el número de lectores en México disminuye de año en año, sobre todo entre la población infantil.

Mientras que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reveló en abril de 2017 que ni la mitad de los mexicanos leen al menos un libro al año. De acuerdo a la encuesta realizada por este instituto, de cada 100 personas, sólo 45 leyeron al menos un libro durante los pasados 12 meses en México, mientras el tiempo que dedicaron a leer fue de 38 minutos por sesión. De acuerdo con datos del Módulo de Lectura (Molec), de la población que contestó la encuesta realizada en febrero, 97.3 por ciento es alfabeta, de la cual, 79.7 por ciento dijo haber leído libros, revistas, periódicos, historietas, páginas de Internet, foros o blogs el año anterior. Sin embargo, en la distribución porcentual por tipo de material la encuesta revela que 54.7 por ciento no leen libros; 43.4 leen periódicos; 41.8 por ciento, páginas de Internet, foros o blogs; 37 por ciento, revistas; y 5.4, historietas.

En este contexto, es imperativo revisar los métodos de divulgación de la lectura y nuestras herramientas  pedagógicas. Si bien por mi experiencia como docente de lectura y  tras la discusión de ideas con mis alumnos en torno al ensayo de Daniel Pennac Como una novela,  considero de gran importancia y no prescindiría de herramientas tradicionales tales como biografías, contextos, cuestionarios de comprensión de lectura, entrega de reportes de lectura, etc., me parece importante el aporte de este autor  para revelarnos a los docentes las razones por las que debemos enfrentarnos cada vez con mayor frecuencia a un alumnado de no lectores, a comprender el porqué año con año las encuestas e investigaciones con relación al consumo de lectura en México arrojan datos cada vez más desalentadores y a tomar medidas en el asunto desde los niveles de educación básica y, como propone Pennac, desde el hogar en la más tierna infancia. Considero asimismo que este ensayo o antimanual puede ser de importancia y relevancia para los alumnos que cursan el área de docencia de la Licenciatura en Idiomas.

Leer por el placer

Además de la cátedra universitaria, trabajo con grupos de adultos y adultos mayores en talleres de lectura y talleresde cultura. Aquí hay dos vertientes, las de las personas que tienen el hábito de la lectura, e inclusive son ávidas lectoras y las personas que no leen. En el primer caso, los cursos se organizan temáticamente, por culturas o por periodos históricos. EL taller consiste en que los asistentes leen los libros de la lista seleccionada y yo les imparto el contexto histórico, la situación político-social de las obras o los periodos, e información sobre los autores y su estilo. Los libros se comentan en grupo y de hecho la elaboración de la lista de libros se ensambla con la participación de los alumnos. Aquí no hay el inconveniente de la escuela formal que representa abarcar un programa, cumplir con una carga de trabajo y mucho menos hacer una evaluación u obtener una calificación. Se participa por el gusto de los libros, la experiencia es lúdica y tiene una meta enriquecedora.

La experiencia de años trabajando con lectoras habituales que han leído mucho a lo largo de su vida muestra que es gente muy culta, de amplio criterio y no sólo capaces de leer mucho, si no que cuentan con las herramientas conceptuales para hacer un análisis no sólo de las obras, si no de la realidad presente. Además, tratándose de mujeres mayores, alguna sobrepasando los noventa años, sorprende su lucidez.

El libro y el taller de lectura son instrumentos para mejorar su calidad de vida, para darle sentido a ésta cuando se tiene una edad avanzada, y pienso, con mentes juveniles. Aquí no cabe de ninguna manera la lectura en voz alta, el derecho más importante es el del romance con el libro.

El segundo grupo, el de las no lectoras, tiene como objetivo contribuir a su desarrollo personal e incrementar su cultura, la cual es raquítica por su falta de lecturas. Suelen ser personas con criterios estrechos y cuya interpretación de la realidad presente está matizada por prejuicios e ideología. Los cursos se estructuran más o menos como los del taller de lectura, revisando diferentes culturas, periodos históricos y políticos, pero la exposición es mayormente oral, como una narración. El análisis se hace en grupo y se espera que todos contribuyan. Hay siempre presente una bibliografía con la esperanza de que de la narración se salte a la lectura y se de el gran paso para adquirir el conocimiento por si mismo y hacer análisis propios. Pero con adultos, es difícil dar este salto, además de que a diferencia de la escuela, la lectura no se puede obligar y seguro, esta práctica sería contraproducente.

Efectivamente, también esta clase de talleres influyen en una mejor calidad de vida de los asistentes y está enfocado a permitirles tener una mejor interacción social y comprensión de la realidad presente, mucho mejor sería si de manera natural llevara al hábito de le lectura, pero como dije, en este grupo particular de alumnos adultos es sumamente difícil, pues hay otros hábitos y tareas cotidianas que impiden el proceso.

El hábito de la lectura debe inculcarse en etapas de la vida tempranas, antes de que sea demasiado tarde.

Bibliografía:

Pennac, Daniel. Como una novela. Editorial Anagrama. España, 2006.

Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), 2017

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), abril de 2017.

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